Son las ocho de la noche en Katmandú y estoy sentada en la terraza del hostel viendo cómo las nubes se descomponen sobre la ciudad. La humedad se trepa por las paredes como arañas pesadas y me preguntan qué quiero comer. Pero yo no tengo hambre. No porque esté preocupada, sino porque el clima de Asia siempre me parece un poco complicado de entrada. Tengo el estómago cerrado, el pelo engrasado y la mochila al lado.
Pienso en que quiero ducharme y cuántas personas va a haber en mi habitación esa noche. Si voy a poder dormir. Si la cama va a ser cómoda. A quiénes voy a conocer. “where are you from?” me pregunta alguien desde la mesa de al lado, pero estoy tan cansada por el viaje que la pregunta no me llega del todo.
Estoy cansada, sucia, confundida y un poco molesta. El ruido se acrecienta, los bocinazos cotidianos que parecen rugidos en la noche. La música que no puedo comprender. El olor a comida, los ladridos de los perros. Todo me grita que ocurrió. Que mi empeño de volver a arrastró mis pies sin que pudiera darme cuenta del todo; ya estoy en Asia.
La mirada occidental y la necesidad de volver a Asia
La semana pasada estaba en Croacia cuando todos me preguntaban por qué me empeño en volver a Asia. Qué es lo que tiene esa cultura que tanto me fascina. “Yo no podría”, me repiten mientras busco pasajes de avión a la India. La respuesta no es simple ni tampoco definitiva. Porque Asia no es un lugar, sino más un estado mental. El caos, la colisión, el choque, la destrucción. El lugar al que vengo a aprender, a forzarme a estar incómoda, a morirme y a renacer.
“Pero está lleno de caos y mugre”, me explican sin haber estado ahí. Lo que no saben es que la belleza de Asia no puede ser medida con los valores occidentales que con tanto orgullo buscamos reproducir. Que, detrás del humo y del caos de los vendedores ambulantes, hay un extraño tipo de orden que nosotros no podemos percibir. Que, si lográs dejar de lado la molestia que te produce el ruido y el transito, vas a encontrar una tranquilidad que no existe en occidente.



¿Cómo te explico sobre este país, Nepal, y de la colisión que existe entre las montañas y las deidades? Los Himalayas siendo adorados como dioses antiguos, el polvo de la ciudad vieja de Katmandú, los cables de la luz que siguen amontonándose sin que nadie haga nada, los monos, los perros, los negocios vendiendo ropa de trekking para los que que buscan subir las montañas más altas del mundo. La multitud de creyentes acercándose a adorar a una niña diosa, la Kumari, contemplándolos como si fueran apenas moscas. La fe, la fe que no deja de sangrar por todos lados, el rio, los ghats, el budismo y el hinduismo fundiéndose sin que todo estalle.
Contradicciones sin resolución
Contradicciones que todavía no puedo ni quiero explicar. Porque lo que comprendí en mi segundo viaje a este continente, es que Asia no necesita ni busca ser definida ni encasillada por nosotros ni nuestros ojos occidentales. Que no le interesa ser explicada por la perspectiva de una argentina de 31 años. Y saber eso me permitió dejar que el lugar me atravesara sin la necesidad de resolverlo. Simplemente observo el incendio e intento con cierta torpeza escribir la experiencia en un par de lineas.
No vuelvo por capricho ni por aburrimiento. Considero que volver a Asia con una mochila de siete kilos es la forma mas rápída de aprender. Estar con uno mismo en el medio del incendio. Observar sin juzgar. Confiar en el universo y en el porvenir. Si podés hacer todo esto, tal vez este también sea tu viaje.
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