Llegué a la India un domingo a la mañana después de haber estado un mes en Sri Lanka conociéndome a mí misma y registrando todas y cada una de mis limitaciones. Con la mochila llena de dudas, estaba al tanto de todos mis miedos y de lo que tendría que crecer si quería viajar por toda la India sola. No era solo dejar de lado las palabras de advertencia que me habían dicho. “No vayas, es peligroso”. “Sos una chica, Nadia”. “Te van a matar ahí”. Era también afrontar lo desconocido, lo incómodo, lo caótico, lo impredecible sin tener a nadie más.
Se trataba de descifrar aquel código invisible que rige el caos de la India. Aquellos hilos que mantienen unidos todo un sistema que está siempre por colapsar. Cómo funcionaba el transporte. Qué comer, dónde, cómo. Dónde quedarme, cuánto pagar. Dónde estaba el límite, qué podía hacer, a dónde podía ir. Como viajar sola por ese gran sistema llamado la India. Todas estas preguntas estallaban de forma silenciosa cuando llegué al aeropuerto de Kochi con menos de diez kilos en la mochila.




En silencio, con el peso de la soledad que se aferraba a mi espalda como si fuera un parásito, me repetía sin cesar cuáles eran los pasos a seguir. “Conseguí una tarjeta SIM”. “Sacá efectivo”. “Buscá el medio de transporte más seguro”, me decían las voces mientras yo contemplaba a los viajeros que habían llegado en el mismo avión que yo. Pero ellos no tenían miedo ni dudas. Ya habían estado en la India. La ropa que usaban, la forma en la que sus pies se desplazaban sin preocupación alguna me hacían saber que no era su primer viaje en el subcontinente.
La realidad que estallaba del otro lado
Mientras buscaba la dirección del hostel con los dedos temblorosos, me senté en una de las sillas que miraban hacia afuera del aeropuerto. Como si estuviera atrapada en una caja de cristal de la que no me animaba a salir, intentaba vislumbrar toda la realidad que me esperaba afuera. “Los taxistas intentan convencerte de que tu hostel está cerrado para llevarte a otro lugar”. “Te van a querer cagar”, me habían dicho más de una vez.
Pero no podía quedarme ahí, en el aeropuerto de Kochi, abrazando mi mochila hasta que dejara de sentir miedo. Un miedo que había comenzado a erupcionar como si fuera lava hirviendo. Tarde o temprano tenía que salir y enfrentar esa realidad con los brazos abiertos. Hacerle frente a lo que fuera que ocurriera. Para eso había ido hasta allá y conmigo tendría que ser suficiente.
El verdadero choque cultural al viajar a la India sola
Y cuando finalmente me subí al taxi, toda la realidad que suponía la India estalló contra el parabrisas. Pero no era lo que esperaba. Aquel menjunje caótico que aguardaba nunca apareció. Aquel disparo que creía prever no me alcanzó. Simplemente nada pasó. Solo se produjo la caída de mis propios pensamientos como si fueran granizo.
Porque me di cuenta de que no entendía nada.
La India no era ese caos que me habían advertido. Pero tampoco era paz.
Sabía lo que la India no era. No era algo que podría ser definido en términos absolutos. Tampoco era sinónimo de pobreza, ni de riqueza. No era pasado, presente, ni futuro. Ciertamente, no era la cultura. No era la herencia histórica. Comprendí con algo parecido a la desesperación que la India no podía ser definida bajo un solo adjetivo.
Aquel día que llegué, cuando caminaba por Kochi, me di cuenta de que lo único que podía afirmar de la India era que se trataba de una tierra enorme que escapaba a cualquier tipo de definición o categorización. Peor aún: que a la India no le interesaba ser definida tampoco bajo ningún tipo de concepción occidental. Que yo, mis experiencias como viajera, mis ideas, mi historia eran totalmente minúsculas comparadas con aquel país que me había devorado como si estuviese dentro de las fauces de un dragón.
Fue la primera vez que me sentí totalmente insignificante dentro de un sistema que no podía leer ni comprender, un entorno que podría llegar a devorarme si no tenía la capacidad de adaptarme y de descifrar aquellos códigos que se me escapaban. Llegar a la India fue tomar conciencia del espacio que existía entre mi yo presente y aquella que tenía que llegar a ser para viajar de sur a norte.
El transporte y la logística: Aprender a moverse en el caos
Pasaron dos días en Kochi hasta que sentí la necesidad de moverme, pero no sabía cómo. La logística en la India me parecía como una telaraña invisible y engañosa. El sistema de trenes que se extiende por todo el país como una columna vertebral. Los buses de larga distancia que parecían no tener ni principio ni final. Cómo sacar el boleto y cuál. Qué era seguro y qué no. Todas las preguntas que me inmovilizaban en el sofá del hostel mientras no dejaba de leer blogs sobre cómo viajar en la India.
“Voy a Munnar en bus, si querés podés venir”, me dijo un italiano en el hostel cuando vio mi desconcierto. Sin muchas opciones le dije que sí, que me explicara también sobre el tren, sobre los buses, sobre todo aquel sistema que me parecía infinitamente complejo.
Pero no lo era. No lo era si te dejabas llevar y ayudar.
Viajar sola por la India es también dejarse arrastrar
No sé cuántos buses tomamos ese día. Al menos tres. No lo sé porque llegamos a Munnar como si nos hubiera arrastrado una corriente que no se podía detener. Nos decían que subiéramos, que nos bajáramos, que nos iban a avisar cuando teníamos que cambiar de bus. “Where are you from?”, nos preguntaba el chofer mientras el resto de locales nos miraban con cierta curiosidad. Las ventanas estaban bajas, la música se mezclaba con el ruido de la calle, el olor a tierra se adhería a las paredes como si fuera pintura.



La misma corriente que me llevó a Munnar me arrastró a Varkala, pero en tren. No estaba ya con el chico italiano sino con Addy, una chica de Estados Unidos que ya había estado ahí. Viajamos tres horas en tren junto a todos los locales que no hicieron más que ayudarnos. Cuando llegamos, nos encontramos con un montón de palmeras y un agua limpia que nada tenía que ver con lo que se ve en las redes sociales.
Qué se siente viajar sola por la India (y desarmar los prejuicios)
El miedo empezó a desaparecer y algo parecido a la confianza tomó un poco más de fuerza. Seguía sin entender muchas cosas. Pero sabía exactamente qué era lo que todavía no comprendía.
Solo había estado en Kerala y había aprendido a moverme ahí. Pero sabía que los otros estados en la India eran totalmente distintos. Que cada viaje, cada cambio de lugar, traería consigo una nueva adaptación. Nuevas reglas. Otra comida, otros códigos. Así, con la certeza de que era una ignorante, fui a un Ashram, luego a Goa, a Rishikesh, a Delhi, Varanasi y a Rajasthan.



Cada estado nuevo era un reinicio distinto que a veces consumía mi energía de forma voraz. Lo que había vivido en Kerala no tenía nada que ver con lo que viví en Rajasthan. Pero lo sabía: que aquel traslado era también una pequeña reencarnación.
Rajasthan era un caos poético, intenso, inflamable, que no tenía nada que ver con Goa o Rishikesh. La gente era distinta, el idioma, la arquitectura, la comida, las idas y venidas, lo que podía usar y lo que no, cómo podía viajar. Era un código nuevo que había tenido que descifrar. Pero ya no había miedo ni dudas.
Soltar el control
Había abrazado mi ignorancia y la había vuelto mi fuego. Las preguntas eran certezas y aquel vacío del no saber no era más un espacio blanco. Era como una cuerda por la que caminaba sobre el abismo.
Al final de mi viaje por la India, había abandonado la torpe costumbre occidental de nombrar, de encasillar. Hoy en día, un par de meses después de haber vuelto de aquella tierra en llamas que reducimos a un nombre, diría que la India es el vacío semántico más grande que vi en mi vida.
Que su belleza no está en una cosa en particular. No son los paisajes, ni la gente, ni la comida. Es aquella explosión de contradicciones que tenemos que aprender a mirar como si fuera un huracán. Sin controlarlo. Sin definirlo. Simplemente apreciando aquellas tensiones que están a punto de explotar, congeladas en un segundo que parece ser infinito.
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