Asia

Fe ciega y miedo: Las dos caras de viajar sola por la India

A veces, la única forma de avanzar es aceptar que vas a temblar todo el camino. Un punto de partida caótico, el miedo como una descarga eléctrica que te recorre la columna vertebral. Llorar en la ducha antes de salir, el estómago apretado como un nudo que no te deja respirar. Así me sentí el día que decidí viajar sola por la India.

Viajar sola por la india: inmensidad, caos, miedo, fe

El temor, que muchas veces se convertía en pánico y otras veces en una fe ciega a algo que no podía definir. Así me la pasé casi tres meses dando vueltas en un continente que no era el mío. Rezándole a algo que no conocía bien. Algún Dios anónimo. Alguna creencia que importé de otra vida. Una certeza que no me dejaba de susurrar que todo iba a estar bien. Y el miedo que me trepaba por la espalda como una sombra pútrida y que se metía en la mochila. Una dualidad que me partió al medio durante dos meses y medio: la contradicción de viajar sola a la India y el pulso constante entre la fe ciega y el miedo.

El miedo

Mucha gente me pregunta si es peligroso viajar sola a la India. La respuesta honesta no es un sí o un no; es una sensación. Yo sentí miedo. Todo el tiempo. Pero no por lo que estaba pasando a mi alrededor, sino por lo que estaba aconteciendo dentro mío. El ruido de la India era solo un detonante para todo lo que estallaba dentro de mi mente. Como una bomba enterrada en alguna guerra ya olvidada, a punto de estallar.

Recorrer este país en solitario significa convivir con un ruido constante, no solo el de las calles, sino el de tus propios prejuicios. Es el miedo a no entender el “orden invisible” de un lugar que parece estar al límite, el miedo a la soledad radical y a la mirada ajena que no lográs descifrar. Los ruidos, los olores, las palabras, la colisión de miles de realidades que estallan a tu alrededor, gente pidiéndote fotos, tus amigos en Argentina diciéndote: “¿Cómo te vas a ir sola a la India?”. El aire ardía, y con él, ardía mi necesidad de control.

Comprendí rápidamente que la posibilidad de controlar el acontecer era una utopía en un pais que se derrumbaba y resucitaba a cada minuto. No podía prever ni lo que iba a ocurrir en una hora. No sabía en dónde iba a dormir, ni dónde iba a comer. Cómo iba a llegar, qué iba a hacer. Pero con el tiempo empezó a estar bien. A tener sentido. A formar parte del encanto de la India, un país contruido en la idea de un “ahora” permanente.

Viajar sola por la India y la fe ciega

En el momento en que el miedo parecía ganarlo todo, aparecía la fe ciega. No hablo de una fe religiosa, sino de una entrega absoluta a la incertidumbre. Cierta rendición absurda e ingenua que aparecía cada vez que me moría de miedo. Cada vez que sentía frío en la espalda, que una voz me decía que me volviera a mi casa, que la incomodidad era demasiada y que yo estaba sola en la India. “Estás loca”, me decían mientras yo intentaba reservar boletos de tren en un sistema que no entendía del todo. Pero yo ya no escuchaba nada, ni los bocinazos ni los ladridos de los perros de la calle.

Porque sabía que todo iba a estar bien. No sé si era intuición, confianza o estupidez. Pero eso era lo que me permitía subirme a un tren sin saber exactamente dónde bajar. Esa fe ciega, intensa, explosiva y estúpida fue la que me sacó de la zona de confort en Croacia y me llevó a tomarme el bus al aeropuerto. En Sri Lanka empecé el viaje llena de dudas; en la India, lo terminé entendiendo que la fe ciega no es creer que todo va a salir bien, sino saber que vas a ser capaz de gestionarlo si todo sale mal.

Que hay un ser dentro tuyo que es mas grande, imprevisible, ecléctico, místico, sagrado y caótico que la misma India: vos. Vos mismo.

Gestionar la contradicción en el caos

Lo más difícil de viajar sola a la India no fue el cansancio físico, sino gestionar emociones como la frustración en un contexto totalmente caótico. El ruido permanente que se traslada al espíritu y que no dejás de escuchar a pesar de estar en silencio en tu cama. Así, escuchando el ruido del silencio nocturno, fue que entendí que el secreto no es intentar eliminar el miedo para que la fe aparezca. Al contrario: el miedo y la fe ciega se necesitan. Dos caras de la misma moneda, dos extremos que se tocan y que colisionan. El miedo me mantuvo alerta, consciente y presente. La fe ciega me permitió caminar a pesar de todo.

El incendio silencioso

Hoy, en el silencio polar, siento que el viaje apenas está empezando a decantar. La India es un país que arde, es inmensa e indefinible. Inabarcable, ecléctica, mística, sagrada, sucia, contradictoria. Una colisión de palacios, muerte, pobreza y reencarnación en la misma calle. Fe, vacas, ciudades, montañas, templos, comida callejera.

La India es el país que más me gustó porque es un proceso de combustión. Todo estalla y vos no sos la excepción. Es un país que te demuele para ver qué sos capaz de construir con los pedazos. Y acá estoy, en medio del hielo, mirando mis restos y entendiendo que solo cuando estás hecha pedazos podés elegir qué partes de vos merecen ser rescatadas, y cuáles se quedan allá, quemándose para siempre en aquel aire que ardía.

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