Vida Nómade

Ser extranjera: una reflexión sobre identidad, migración y retorno

¿Qué significa realmente ser extranjera? Más allá de cruzar fronteras físicas, es una experiencia profunda que transforma la identidad, rompe certezas y abre la puerta a una vida en movimiento. En este texto comparto mi vivencia personal de migrar, regresar y descubrir que el verdadero viaje comienza cuando ya no sabés dónde pertenecés.

Cuando me fui de Argentina, no era consciente de que no estaba simplemente alejándome de mi país por un par de meses. No sabía que estaba abandonando a mi familia, mis amigos, mi carrera y a la cotidianidad que supe mantener por años. Sobre todo, estaba abandonando la identidad que sostuve férreamente durante los primeros años de mis veinte. Esa forma de ser que con tanto esfuerzo había construido, creyendo que era la última y permanente.

Después de que salté al vacío, me di cuenta de que el océano no sólo separaba de forma terrestre todo lo que conocía en mi país. Era también un abismo que no podía sortear y del que no había vuelta atrás. El sentimiento de ser extranjera en un continente nuevo en el cual no conocía a nadie arrasó mi corazón porque sabía que ya no había ningún punto de referencia. Estaba, por primera vez, sumida en la total ignorancia y desconocía a quién iba a conocer, qué iba a hacer y cómo. 

El choque con la realidad: lo que nadie te dice sobre ser extranjera

En aquel año, llegué a Croacia con la idea de conocer a mis primos lejanos y de conectar con la tierra de mis bisabuelos. No sabía que iba a conectar verdaderamente con las profundidades de mi espíritu y de que se iba a despertar en mí el deseo de estar en un viaje perpetuo. No sabía el idioma, no conocía a nadie ni tenía idea de cómo iba a sobrevivir durante cuatro meses en aquel país. Tenía menos de mil euros en el bolsillo y carecía de cualquier tipo de plan, pero sabía que allí era donde tenía que estar. 

No pretendo idealizar las circunstancias de mi arribo. Al principio, todo fue caótico e imprevisible. La pandemia, las personas buenas y malas que conocí, el hambre, la imposibilidad de tramitar la ciudadanía y de trabajar, me mostraron que dejar tu país y lanzarte al vacío no era tan lindo como lo pintaban en libros. La desazón, la melancolía, el ardor, todo me señalaba que no podía ya volver a mi hogar. Pero tampoco podía quedarme atrapada para siempre en ese limbo entre lo que quería y lo que debería haber sido.

El duelo de dejar atrás tu identidad

Me di cuenta de que la identidad que había sostenido con orgullo por años era incompatible con mi nueva realidad y de que no llegaría lejos si no estaba dispuesta a destruirme y abrazar lo desconocido como bandera. Me dejé caer y permití que la destrucción me abordara, que hiciera conmigo lo que quisiese. Ya no sabía nada sobre mí misma, qué deseaba hacer ni que me atemorizaba. Lo único que era seguro es que era una extranjera sin ciudadanía europea que estaba tratando de construir un camino en un mundo nuevo.

Sin dirección, abracé lo que en ese momento era mi única certeza y lo volví parte de mi identidad. El ser una apátrida que no sabía cuándo iba a volver ni quién iba a ser una vez que volviera a casa. Al principio, aquella idea de ser una extranjera incluso en las profundidades de mi corazón fue como un huracán. Sin embargo, con el tiempo comenzó a ser el motor que me daba fuerza para levantarme todos los días a buscar mi camino.

La belleza inesperada de ser extranjera

A pesar de que, con el tiempo, había hecho amigos y construido vínculos fuertes y rutinas, sabía que en el fondo yo no pertenecía allí. Por más que hubiera aprendido el idioma, de que los locales me aceptaran en las mesas de sus casas, por más que trabajara ahí y de que mis pares me respetaran, en el fondo de mi corazón sabía que no pertenecía. Pero no era un sentimiento doloroso, sino que me hacía sentir poderosa y abierta a recibir todas y cada una de las bendiciones que el universo tenía para darme. 

Sí, era una extranjera, pero no era algo malo. No era ya la marca de que no tenía hogar, sino que era la bandera que cargaba todos los días con orgullo. El mismo significante, pero era otro el significado, el signo había sido finalmente trocado. Ya no estaba buscando retornar a un hogar al que no podía volver porque yo ya había cambiado de forma definitiva. Había logrado encontrar esa sensación de conformidad en dónde fuera que estuviese. 

Volver y no pertenecer: ser extranjera en casa

Al principio, creía que solo sería una extranjera fuera de mi país, pero, luego, comprendí que el desarraigo había dejado marcas en mi piel que nada podría quitar. Cuando llegué a Ezeiza y saludé a mi familia y amigos después de dos años, me di cuenta de que la versión de mí que había dejado Argentina no había vuelto en el avión conmigo. La extranjera que regresaba no podía desprenderse de su identidad errante, como si fuera un abrigo que se deja en el perchero.

Cuando volví a Argentina, no me encontré con un país ajeno, sino con uno que seguía exactamente igual. Las mismas calles, las mismas rutinas, las mismas conversaciones. Pero yo había cambiado. Había visto cosas que nadie a mi alrededor había visto, vivido experiencias que no podía traducir en palabras. Había estado viviendo por dos años sin saber que me iba a pasar cada vez que me levantaba y la única constante era la imprevisibilidad y el cambio.

El hecho de ser la forastera y de que la gente me mirara con curiosidad y me quisieran enseñar algo nuevo. La pregunta “¿De dónde venís?” que no dejaba de salir de los labios de desconocidos con los que me topaba. El hecho de que supieran que yo no había nacido ahí, pero que sí había aprendido sus costumbres y de que me sentía extrañamente cómoda sin pertenecer del todo. 

Tardé un poco de tiempo en aceptar que Argentina jamás sería mi casa, al menos de la forma en la que la había sido antes. Aquel sentimiento de amor profundo que me unía a mi país seguía intacto, pero las raíces habían sido cortadas. Sabía que amaba Argentina, pero, al mismo tiempo, era consciente de que no podía quedarme ahí y de que tendría que volver a irme en algún momento no tan lejano. 

Mi amor por mi tierra no había cambiado, pero ya no era suficiente para que abandonara mi condición de extranjera. La idea de viajar y de que mi identidad fuera un perpetúo “no yo” se había adherido a mi corazón como una hiedra. El universo me había demostrado una y otra vez que tenía que saltar al vacío, dejarme llevar por el camino, estar abierta a la destrucción permanente de esencia y reducirme a un simple signo de pregunta.  

El precio de no pertenecer a ningún lugar

No voy a mentir, saberse un extranjero incluso en tu propio hogar es un tanto doloroso a veces. La soledad, la indecibilidad, la dificultad para encontrar personas con las que puedas hablar de los temas que te interpelan es un peso que voy a tener que cargar por el resto de mis días. Pero, al mismo tiempo, definirme como una forastera también me permite ser todo lo que yo quiera sin ningún tipo de límites. Sin pertenecer a ningún lugar, viajo y me desplazo con la seguridad de que voy a poder construir un hogar transitorio en donde sea que me lo proponga. 

Como una maldición y una bendición, un camino sin vuelta atrás. Entregué mi alma a la impermanencia, a lo desconocido, al afán de aprender y al caos permanente que no busca ya resolverse. La pregunta que no necesita ser respondida, puntos suspensivos, un significante que no necesita un significado unívoco, sino que fue trocado por una connotación infinita. 

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