Latinoamérica - Vida Nómade

Argentina, la sociedad del parche

A veces, cuando pienso en qué escribir y me vienen a la mente Asia o Europa, me doy cuenta de que olvido el lugar donde nací. A más de doce mil kilómetros, Argentina, mi país, sigue influyendo en cada decisión que tomo, incluso cuando no la veo ni la toco. Es como una luna que me atrae desde la distancia: invisible para los cinco sentidos, pero imposible de ignorar. Se siente en la manera en que calculo los gastos, en la desconfianza hacia lo que parece demasiado estable, en la creatividad que aparece de golpe cuando algo falla. Esa huella invisible tiene un nombre: resiliencia argentina. La capacidad de apreciar el caos, el arte de esbozar conjeturas en la oscuridad, de reirse aunque todo vaya mal.

La resiliencia argentina no es una estadística ni un eslogan: es una manera de moverse por el mundo. Crecemos viendo cómo cambian las reglas de juego, cómo se deshacen los planes por la noche y vuelven a rehacerse al día siguiente; aprendemos a adaptarnos y a sobrevivir en la inestabilidad. Cinco presidentes en once días, corralito, dolar blue, cursar sentado en el piso. Esperar el tren sabiendo que va a llegar tarde, calcular esos minutos de demora como si fueran mandatorios, rogar que no haya tránsito en la Panamericana para llegar al trabajo.

Desorden, caos, improvisación, Buenos Aires que no respira ni te deja tranquilo. Transito, peatones, manifestaciones, políticos de cuarta, casas de cambio, gente mendigando, gente riéndose y tomando mate en el colectivo. Todo esto es parte de la sociedad argentina en la que nací y la que se coló en mis huesos, que me sigue como un fantasma incluso en mi vida como inmigrante en Europa. Esa habilidad aprendida en la vorágine de Buenos Aires fue la que me permitió, cuando me fui, trabajar y vivir en el exterior con una mochila llena de recursos invisibles.

Qué entiendo por “resiliencia argentina”

Cuando digo resiliencia argentina no hablo solo de la capacidad de aguantar lo que sea que nos caracteriza a los argentinos. No es solo otro producto nacional y cultural que nos enorgullesemos en llamar nuestro. Hablo de inventiva frente a la falta de certezas: de convertir la escasez en ruta, la confusión en método, el enredo en atajo. En un contexto donde hay mucha inflación y las reglas económicas pueden cambiar en poco tiempo, la vida cotidiana se hace flexible por necesidad. Esa flexibilidad se vuelve, con los años, una segunda piel.

El parche es imagen: una rueda remendada, una puerta que se sostiene con un tornillo distinto, un plan que muta. Aprender a ahorrar desde chico en una moneda que no es la tuya. Guardar la plata debajo del colchón “por las dudas”. Tener un millón de soluciones por posibles problemas que podrían aparecer. Pero también es práctica: aprender a negociar, a pedir ayuda, a probar soluciones provisionales que, muchas veces, terminan funcionando mejor que la solución “oficial”.

Esa cultura del arreglo inmediato imprime una forma de pensar adaptable y creativa. No todo es heroísmo: hay cansancio, hay enojo, hay injusticia. Pero hay también una maquinaria colectiva de ingenio que se activa sin pedir permiso. Un código que no está escrito en ningún lado y que todos sabemos. Algo que mana en las calles y en los barrios argentinos sin que podamos ponerlo en palabras. Algo que nos marcó a todos sin que podamos decir bien cuándo pasó.

Cómo la resiliencia argentina me enseñó a vivir en el exterior

Salir al exterior para alguien que viene de este contexto no fue, paradójicamente, un choque sino una prolongación. Dejar el Conurbano Bonaerense para llegar a Croacia fue una continuación de esta lucha cotidiana. Uno piensa, tal vez, que abandonar tu propio país y dejarlo del otro lado del océano supone olvidarse de la identidad que construiste.

Sin embargo, aquello que llamamos la “argentinidad” aparecía cada vez con más fuerza. En el acento argentino que se escucha cada vez que hablo inglés, las palabras y expresiones que intento traducir, sin éxito, a otro idioma. Los gestos, los chistes, los lugares comunes. Sin saberlo, mi identidad argentina cobró aún más fuerza en el exterior y se fortaleció en el medio del desconcierto. Fue también la que me permitió sobrevivir en un país nuevo y en una cultura tan distinta.

Ya había aprendido a improvisar, a lidiar con el cambio de planes. A rearmar y rearmarme. A aceptar que no tenía el control de la situación y que no podía prever que iba a suceder. Pude dejar atrás la idea de vida que había construido durante veinticinco años para recibir una nueva. Abandonar mi carrera, mi trabajo y mi casa en busca de algo nuevo. Encontrar nuevos amigos, un nuevo barrio, nuevas formas de vivir incluso cuando todo se cae a tu alrededor. Mudarse un millón de veces, aprender otro idioma, otro código social, ahorrar en otra moneda.

Vivir con croatas, con polacos, con latinos. Ahorrar en kunas, euros, dólares. Trabajar de limpieza, de recepcionista, de supervisora. Aprender croata, inglés y alemán. Saber qué cosas podés hacer y qué no. Cambiar de país, de barrio. Mudarte a Barcelona y alquilarte una habitación en negro a un egipcio. El caos que uno busca de forma inconsciente y que no puede evitar después de haber vivido en Argentina. “Este lugar me parece demasiado tranquilo” decía yo después de una temporada en un pueblito en Croacia.

Del desorden a la identidad

Si venimos de culturas con más previsibilidad, puede resultar desconcertante imaginarse manejando la vida entre subas de precios diarias y reglamentos que se enroscan. La resiliencia argentina no romanticiza el caos: reconoce la fatiga y la injusticia. Pero pone el foco en una respuesta colectiva que enseña a lidiar con los problemas y a adaptarse permanentemente.

La resiliencia se vuelve identidad cuando deja de ser sólo estrategia y pasa a formar parte de la narración personal y colectiva. La sociedad argentina es caótica, errática, pero sumamente bella. Imperfecta, ecléctica, diversa, multicultural, problemática, como una bomba a punto de estallar. Pero también, de alguna forma, armoniosa. Vivimos entre las cenizas de un incendio que parece siempre a punto de reactivarse. Pero, de alguna forma, todo funciona.

Ser “del parche” es reconocer esta complejidad como propia. La fragmentariedad social que se interioriza y se enuncia con orgullo. Es resistir, seguir, inventar modos de estar, renacer y volver a estallar. Y esa fue la mochila que me llevé de Buenos Aires a Croacia. La cicatriz que celebro todos los días y que se acrecienta cada día que paso lejos de casa.

Si hay algo que quisiera que mis amigos europeos comprendan es que no se trata de celebrar el caos, sino de reconocer una sabiduría nacida en la falla: saber coser caminos con hilos desparejos. Como en el arte japonés del kintsugi, donde las fracturas se rellenan con oro para volver a hacer de la pieza algo único, en Argentina aprendemos a abrazar nuestras roturas y a transformarlas en identidad. Celebrar la fragmentariedad, la imperfección, la parcialidad. Encontrar esa cicatriz, sin necesidad de cubrirla. Simplemente apreciar su belleza.

Si te interesa saber más sobre emigración e identidad, podes revisar mi categoría de Vida Nómade.