De Bangkok a Siem Reap sin plan y por tierra
Viajar por el sudeste asiático puede ser una experiencia tan educativa como caótica, sobre todo cuando decidís soltar el control y dejarte llevar. Así fue nuestro viaje desde Bangkok a Siem Reap: sin vuelos, sin itinerario, solo una mochila, un tren y una confianza que tal vez rozaba lo imprudente. Con mi amiga —ambas argentinas, alérgicas a los tours organizados— decidimos cruzar la frontera de Tailandia a Camboya por tierra, desoyendo los consejos de tomar un avión y armarnos de paciencia. Lo que empezó como una simple idea de “ahorrar unos pesos” terminó siendo una de las aventuras más intensas de nuestras vidas. Y ese fue solo nuestro quinto día en Asia.
El tren desde Bangkok: cruzar la frontera de Tailandia a Camboya por tierra
Cruzar la frontera de Tailandia a Camboya por tierra fue nuestra forma de comenzar esta aventura. La ruta en tren no es la más popular ni recomendada, pero decidimos comenzar nuestro viaje en la estación de Hua Lampong. Salimos muy temprano, a las 5 de la mañana, con mochilas y pasaportes en mano, listas para cruzar la frontera sin planes ni certezas.
Compramos pasajes en tercera clase —un vagón rústico, con asientos duros y ventanas abiertas que dejaban entrar el olor a tierra y comida callejera— y nos acomodamos para dejar atrás la bulliciosa capital tailandesa. A medida que el tren avanzaba, el paisaje iba cambiando. Veíamos pueblitos con mercados a un costado, gente subiendo y bajando, aromas intensos y el sonido de la vida rural mezclado con el ocasional olor poco agradable del baño del vagón.



Las paradas eran frecuentes, cada una con su propia historia y personajes. Los vendedores ambulantes que ofrecían frutas frescas, niños curiosos que nos saludaban y un ambiente que solo un tren lento puede ofrecer. Nosotras, dos argentinas hiperindependientes, nos sentíamos libres y un poco fuera de lugar, pero felices de viajar a nuestro ritmo. “Que bueno que no pagamos ese tour pedorro” decíamos entre risas, mientras mirábamos los pastizales moviéndose a través de la ventana.
La frontera, el humo y la corrupción
Después de varias horas, llegamos a la estación de Aranyaprathet, el último punto antes de cruzar oficialmente la frontera. Con nuestras mochilas al hombro, caminamos bajo el sol entre camiones y autos hasta un edificio amarillo donde empezó la odisea de migraciones. El calor era pegajoso, los olores se mezclaban entre comida callejera y humo de motores, y las filas se ramificaban como si nadie tuviera idea de cuál era la correcta.
Cuando por fin nos tocó el turno, un oficial estampó nuestros pasaportes con una sonrisa apenas insinuada. “Bienvenidas”, dijo mientras nos pedía tres dólares de más por la visa, sin dar ninguna explicación. Nosotras, ya alertadas por blogs de viaje, habíamos traído cambio justo para no darles excusas para inventar nuevos impuestos. Pagamos resignadas, entendiendo que esa pequeña estafa era parte del ritual de cruce: un recordatorio de que en Asia el orden y la transparencia no siempre son parte del paquete.
Poi Pet, la frontera terrestre entre Tailandia y Camboya
Al cruzar la frontera de Tailandia a Camboya por tierra, nos topamos con la caótica Poi Pet. Este pueblo, que parece detenido en el tiempo, es un lugar totalmente caótico para nuestra perspectiva occidental. Lleno de vendedores ambulantes, carteles de neón, monjes caminando por todos lados, ruidos, gente mendigando y niños persiguiéndonos para saludarnos. Un detalle a tener en cuenta es que este pueblo está lleno de Casinos. Ya que el juego es ilegal en Tailandia, muchos turistas cruzan la frontera por el día.
Admirando la diversidad que coexistía en aquel espacio donde se mezclaban los monjes, los niños mendigando y los europeos saliendo de aquellos grandes y lujosos edificios, hablábamos sobre nuestras primeras impresiones de Camboya.
Caminamos totalmente convencidas de que encontraríamos una estación de bus y de que ahí esperaríamos por nuestro transporte hacia Siem Reap. “No sé a qué hora será el bus, pero de última comemos algo por ahí” le decía yo a mi amiga mientras contemplabamos absortas el caos circundante. Después de cinco minutos, llegamos a la estación de buses. Sin embargo, no había ni un solo bus en el estacionamiento y todo estaba apagado. Todavía me acuerdo de la cara de desconcierto de mi amiga y de la frustración que sentí cuando ví que la estación estaba abandonada. Sin quererlo, estábamos varadas en la frontera entre Camboya y Tailandia.
Sin SIM card y sin plan
¿Qué hacés cuando tu único transporte no te inspira confianza y estás varada en la frontera sin un plan?Estábamos sin SIM card, sin información clara y rodeadas de personas que solo intentaban vendernos cosas. “Where are you going?” nos gritaban todo el tiempo mientras nos ofrecían un millón de tours que claramente no queríamos tomar. Ignorando a uno de los conductores de tuk tuks que no dejaba de perseguirnos, entramos en lo que parecía una empresa de taxis privados para pedir algo de información o ayuda, pero no tuvimos éxito. Una sola persona hablaba inglés y no dejaba de repetirnos de que el próximo bus saldría en ocho horas de un lugar que no era del todo claro.
Finalmente, decidimos entrar en una farmacia y pedir ayuda. Un niño que estaba allí nos ayudó a traducir, y la farmacéutica, una mujer muy amable, nos ofreció una solución. Nos dijo que su esposo nos llevaría hasta Siem Reap si le pagábamos. En aquel punto, cuando ya no nos interesaba cuánto quería que le pagáramos para que nos sacara de ahí, le dijimos que pusiera un precio. Con cierta duda, aquel hombre le dijo al niño que quería treinta dólares. Nos miró expectante, como si nos hubiera pedido un millón de dólares por aquel viaje de tres horas y media.
Le dijimos que sí, no solo porque era barato, sino porque no había otra opción. Sabíamos que no era muy seguro subirnos al auto de un total desconocido, ya que no había ninguna otra persona en el planeta tierra que supiera que estábamos en Camboya. Sin muchas opciones y con miedo a lo desconocido, aceptamos.
El viaje en taxi, malentendidos e incertidumbre
El viaje comenzó de manera extraña y no pasó mucho tiempo antes del primer evento que nos alteró el sistema nervioso y nos puso el corazón en la boca. En las primeras media hora, el taxista se desvió de la carretera principal sin intentar explicarnos qué estaba pasando y paró frente a una casita rodeada por árboles. En ese momento, cuando el hombre se bajó y saludó a otros tres tipos que se asomaban por la puerta, nos miramos con pavor.
Obviamente, nuestro instinto de supervivencia que habíamos aprendido en Latinoamérica nos gritaba que saliéramos de ahí como fuera. “Si hace algo raro, agarro las llaves del auto” me decía ella, mientras yo buscaba una lapicera o cualquier cosa en mi mochila para protegernos. “Si abre la puerta lo apuñalo” dije yo, sabiendo que era una mentira que ninguna de las dos creería.
Pero el miedo que sentimos aquel minuto, se convirtió en alivio cuando los cuatro se acercaron al auto para abrir el baúl y sacar un par de cajas con conitos de helado. Lo que nosotros pensábamos que era un secuestro, era solamente una entrega que estaba realizando de pasada al destino final.
Entre risas nerviosas, mirábamos el puntito donde estábamos ubicadas en el mapa y nos repetíamos que nunca más viajaríamos sin internet y de que íbamos a llamar a nuestras familias cuando llegáramos al hostel. Pero claro, no podíamos comprender en aquel momento que nada malo estaba sucediendo, sino que estábamos leyendo aquella situación con nuestra perspectiva occidental. Para nosotras, esa incógnita era un signo de alarma; para ellos, apenas una parada más.
Un shock cultural en el medio de la nada
Lo inesperado no dejaba de encontrarnos. En un momento, el conductor intentó pasar a un camión con movimientos bruscos y zigzagueantes. En medio de ese caos, atropelló a un perro. No se detuvo, ni parpadeó. Media hora después frenó, pero no para ver al animal, sino para revisar las luces y el capó por si había abolladuras. El perro, como si nunca hubiera existido, quedó tirado en la ruta. Nosotras contuvimos la respiración, y el estómago se nos encogió.
Para nosotras fue un choque; la brusquedad del momento, el silencio que siguió. Pero tal vez para él era solo una escena cotidiana en una carretera donde los accidentes forman parte del día a día. No era crueldad, sino una especie de desapego, una forma de seguir adelante. Para él, el mundo continuaba; para nosotras, todo se había inclinado de golpe.
Eso hizo que el viaje completo fuera aún más incómodo. No podíamos comunicarnos con él. La única palabra que intercambiamos durante horas en la ruta fue un simple “Bathroom?” cuando nos preguntó si queríamos parar. Negamos con la cabeza. No. No más sorpresas. No más desvíos inesperados por el resto del día. Nos preparamos para lo que la carretera decidiera lanzarnos después.
El regreso a Tailandia y a la frontera con Camboya
El regreso a Bangkok fue, si cabe, aún más impredecible. Jurando que nunca volveríamos a pasar una situación como esa, compramos boletos para un autobús y decidimos invertir un poco más para viajar seguras. Para nuestra sorpresa, un hombre en un tuk-tuk nos pasó a buscar por el hostel y nos llevó a un lugar apartado a una media hora de la ciudad. Señalando un auto viejo que nos esperaba estacionado, nos dijo que nos subiéramos y que nos dejarían en la frontera.



Con cierta desconfianza, vimos que en el auto había una mujer de mediana edad y otro niño en el asiento de atrás. Totalmente rendidas, pusimos las mochilas en el baúl y nos acomodamos, listas para pasar tres horas y media de suma incomodidad. “No entiendo, si hicimos esto para que no se repitiera” decíamos entre quejas. Pero claro, no sabíamos aún que así era como funcionaban las cosas en Asia y de que esa situación se repetiría numerosas veces. Eran nuestras primeras dos semanas en el sudeste Asiático y todavía nos esperaban muchas situaciones similares.
Después de tres horas, nos encontramos otra vez en Poi Pet, caminando entre casitas destartaladas y casinos lujosos. Le preguntamos al conductor qué hacer y nos contestó que había una van blanca del otro lado esperándonos para llevarnos a Bangkok. Nos pidió una foto para que pudieran encontrarnos y, sin sonreír para nada, dejamos que el tipo nos sacara una foto y se la mandara a quién sabe quién. “Ya fue todo” le dije a mi amiga con amargura mientras pensaba en todas las historias que circulan en Argentina sobre las vans blancas.
La van blanca
Luego de hacer migraciones por un largo tiempo, un desconocido se acercó a mí señalando la pantalla de su teléfono y mostrándome la foto que nos habían sacado hacía ya unas horas atrás. “Bangkok” era lo único que decía repetidas veces. Sin energía para pelearme con nadie ni para tener miedo, lo seguí.
Lo seguimos hasta un estacionamiento donde nos encontramos con otras personas que también estaban viajando. Nos peleamos tres veces para encontrar una van que quisiera dejarnos donde nos habían vendido, porque todos querían dejarnos en las afueras de Bangkok para que pagáramos un tuk tuk. “Khao San” repetíamos mientras tomábamos una Coca Cola para evitar desmayarnos por los casi cuarenta grados de temperatura.
Después de muchas vueltas y de pelearnos con varios conductores, uno se ofreció a llevarnos a donde nos habían prometido. Paramos varias veces, viajamos rodeadas de mochilas y sin aire acondicionado. La van blanca saltaba, era ruidosa e incómoda, pero no era peligrosa. Había otros viajeros que nos hablaban sobre su viaje. Nosotras, cansadas y hartas de socializar, pusimos una pelicula que nos esforzábamos en mirar mientras el conductor manejaba de forma zigzageante por las rutas del este de Tailandia.
Una vez en Bangkok, nos dimos cuenta de que habíamos llegado cinco horas más tarde de lo que teníamos pensado. Pero ya no nos interesaba, solo queríamos buscar un hostel, tirar nuestras mochilas y darles una patada. Bañarnos, cambiarnos, comer algo y dormir después de ese día caótico.
Aprender a fluir en el caos: la gran lección que nos dejó Camboya
Cuando hablo de Asia, siempre digo que la enseñanza más importante que me dejó fue la de confiar en el universo y ceder el control. El comienzo y el final de nuestro viaje a Camboya estuvieron marcados por una incógnita que solamente embelleció la historia. Había leído muchas veces sobre el budismo y de la importancia de aceptar la impermanencia y de confiar en el plan que nuestro yo superior había diseñado antes de que reencarnaramos en este mundo, pero aquella fue la primera vez que lo viví.
Encarné aquel sentimiento de confianza plena en el porvenir y en lo que el destino tenía planeado para mí. Como en la vida misma, no sabía cómo iba a llegar ni cuándo, pero aún así estaba segura de que llegaríamos sanas y salvas a donde queríamos. Viajar y cruzar la frontera de Tailandia a Camboya por tierra nos enseñó que lo mejor es fluir con el caos y confiar en el viaje. No siempre es un camino recto, pero las mejores historias surgen cuando nos dejamos llevar por el universo y aceptamos lo que nos llega.
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