Asia

Cubrir el cuerpo en una mezquita: viaje, religión y género

Durante mi viaje a Malasia, visité la famosa Mezquita Putra, conocida como la Mezquita Rosa, situada cerca de Kuala Lumpur. Su arquitectura es impresionante: mármol rosado, cúpulas majestuosas y un entorno sereno a orillas del lago Putrajaya. Sin embargo, más allá de su belleza estética, lo que me marcó fue la experiencia de cubrir mi cuerpo en dicha mezquita. Al ingresar, todas las mujeres debíamos vestir una túnica que nos cubría por completo, de pies a cabeza. Fue un acto que atravesó mi identidad de forma simbólica, más allá de lo físico.

No se trataba de un hijab, ese velo que cubre el cabello y cuello, sino de una abaya o jubah, una túnica suelta y larga que se entrega a las visitantes como parte del protocolo de ingreso. Si bien estaba acostumbrada a cubrir mis piernas y hombros en otros templos que visité en Asia, en la mezquita fue la primera vez que tapé todo mi cuerpo.

En esta oportunidad, me pregunté por qué mi cuerpo necesitaba desaparecer para que lo aceptaran en aquel lugar. Desde mi perspectiva occidental y feminista, no pretendo condenar una religión que no practico, sino señalar la problemática del islam con el cuerpo femenino. 

A partir de mi experiencia en la Mezquita Rosa, me pregunté ¿Hay cuerpos más aceptables que otros? ¿Por qué? En este sentido, teniendo en cuenta mi posición como viajera ¿dónde está el límite del respeto por otra cultura? ¿Debemos simplemente aceptar las normas impuestas o hay lugar para el cuestionamiento?

Cubrir el cuerpo en la mezquita: ¿respeto o control?

En el islam, las normas de vestimenta femenina están vinculadas a la idea de modestia (haya), respeto y devoción. Estas reglas se aplican tanto en espacios religiosos como en la vida cotidiana de muchas mujeres musulmanas, y tienen profundas raíces culturales, religiosas y sociales. 

Mi visita a Asia me permitió acercarme, por primera vez, a esta cultura tan ajena a nuestro imaginario Western. Si bien había conocido musulmanes, jamás había estado en contacto con personas tan ortodoxas ni en un ámbito donde todas las mujeres tenían que cubrirse de pies a cabeza. 

No solo en Malasia, sino también en el aeropuerto de Qatar, me crucé con mujeres vistiendo aquellas largas túnicas que no se sacaban ni siquiera para comer. Incluso con el calor húmedo que caracteriza estas regiones del mundo, solo los ojos y las manos femeninas eran visibles bajo las túnicas. 

Si bien el hecho de ver mujeres totalmente cubiertas era incómodo desde mi perspectiva, comprendí que estaba inmersa en una cultura distinta. Sin embargo, cuando estas normas se impusieron a mi cuerpo sin que yo lo deseara, aparecieron tensiones difíciles de ignorar. 

La dicotomía entre quedarme respetando sus normas o irme, sin poder experimentar aquella cultura que había viajado por conocer. La pregunta entre la posibilidad de formar parte a través de la sumisión o la reclusión por no obedecer dichos cánones culturales. Por otra parte, aquello que ellos me pedían que vistiera, ¿Se trataba de respeto o de control? ¿De integración cultural o de silenciosa sumisión? ¿Era yo la que estaba mal por no querer ponerme aquella ropa o eran las mujeres musulmanes que aceptaban entrar por la puerta de atrás, totalmente tapadas, orando en un espacio que estaba exclusivamente destinado a ellas?

Teniendo en cuenta estas contradicciones, ¿Hasta qué punto un cuerpo extranjero debe adaptarse, mimetizarse y, en cierto modo, desaparecer para poder habitar un espacio religioso sagrado? ¿Qué significa respetar la cultura de un lugar y hasta dónde llega dicho respeto?

Judith Butler y el cuerpo regulado en la religión

Estas preguntas me llevaron inevitablemente a pensar en Judith Butler, quien en su obra El género en disputa y Cuerpos que importan, plantea que el cuerpo nunca está completamente fuera del discurso. Es siempre es regulado, producido y marcado por normas sociales y culturales. Es decir, el cuerpo es una construcción social, no un hecho neutro y aislado. En sus escritos, Butler afirma que “El cuerpo es una construcción regulada: su materialidad está determinada por normas que delimitan lo que puede aparecer como cuerpo y lo que no.” 

Al tener que cubrir mi cuerpo en aquella mezquita, sentí que una norma externa a mí regulaba toda la parte física de mi ser. No solo se me pedía cubrirme; se me pedía desaparecer como sujeto visible, como mujer.  Era como si todo en mi cuerpo estuviera mal y debiera cubrirse; no sólo mis piernas, mis hombros o mis brazos, sino también mi pelo. 

Me pregunté entonces por qué, para aquel Dios, era relevante si yo era hombre o mujer y por qué cualquier característica femenina debería ser oculta para poder tener una experiencia religiosa. Si en aquella religión, el cuerpo se cubre por modestia y supuestamente por voluntad propia, ¿por qué a mi se me imponía cubrirme de pies a cabeza aunque yo no lo quisiera? 

Comprendí entonces que, en aquel contexto, la noción de cuerpo femenino estaba atravesada por concepciones totalmente distintas a las que aparecen en occidente. Bajo la perspectiva islam, el cuerpo femenino debe ser tapado para poder ser aceptado. Ser mujer está relacionado con la idea de cubrir y de silenciar, como si el respeto estuviera ligado a la noción de invisibilizarlo. 

Viajar, adaptarse y cuestionar: cubrirse para pertenecer

Viajar implica inevitablemente salir del propio marco de referencia, pero también entrar en uno completamente ajeno que puede exigir renuncias simbólicas. En nombre del respeto, se nos pide a veces dejar nuestra identidad afuera, cubrirla, suavizarla, callarla. Un ejemplo es el caso de los templos budistas o hindúes que requieren el uso de pantalones o polleras largas y ropa que cubra los hombros para poder ingresar. Sin embargo, este pedido aplica a hombres y a mujeres, sin importar qué cuerpo sea necesario cubrir.

Ahora bien, en el caso de las mezquitas, es el cuerpo femenino el que debe ser cubierto en su totalidad. No es solo las rodillas, sino cualquier característica que pueda identificar a dicho cuerpo como femenino. Como si se tratara de algo impuro, pecaminoso, se espera que las mujeres nos cubramos hasta el cabello como si fuera algo de lo que deberíamos avergonzarnos. 

Como viajera comprendí y habité siempre mi condición de extranjera en un país y una cultura que no son los míos. Esto supone guardar respeto ante un otro que es totalmente diferente a nosotros y colocarnos en una posición de observador. Sin embargo, la incomodidad que sentí dicho día utilizando esta túnica enorme fue demasiada como para mantener mi postura de observadora imparcial. 

Al vivirlo en carne propia, me pregunté cómo todas aquellas mujeres podían vestirse así desde la niñez y si verdaderamente se sentían cómodas. Si había algún espacio para el cuestionamiento o si simplemente habían seguido una norma que se escribe como un dogma dentro de dicha sociedad. 

En este sentido, me pregunté si mi papel de observadora tenía que ser necesariamente imparcial. En general, creemos que el hecho de no pertenecer a cierta sociedad inhabilita nuestra percepción y descarta cualquier conclusión a la que podamos llegar. Sin embargo, dicho papel, libre de aquellos dogmas que muchas veces son impuestos en la infancia, puede ser también válido y provechoso. 

¿Acaso viajar no debería ser también una oportunidad para cuestionar esas normas, en lugar de solo obedecerlas? En este sentido, creo que nuestra posición de observadores y, sobre todo, de viajeros que han estado en contacto con varias culturas, nos permite elaborar una verdad que no es imparcial, pero que es más completa y global. 

Conclusión: qué significa cubrir el cuerpo en una mezquita

La experiencia de usar una túnica en la Mezquita Rosa fue profundamente incómoda. No solo por el calor o lo físico, sino por lo simbólico. Me recordó que algunos cuerpos deben cubrirse más que otros para ser considerados dignos de estar en ciertos lugares. El cuerpo femenino, que representa la tentación y la corrupción, no es bienvenido en lugares sagrados sin ser totalmente anulado. 

En este sentido, la exigencia de guardar respeto por dicho lugar y por cierta cultura muchas veces reproduce estructuras patriarcales incuestionables. El hecho de que sea “respetuoso” seguir un cierto dogma que silencia millones de voces y de cuerpos invalida el cuestionamiento.

No se trata de juzgar una religión ni una cultura, sino de pensar críticamente en cómo nos posicionamos como viajeros. En el caso de las mujeres que no pertenecemos al mundo musulmán, debemos preguntarnos qué estamos dispuestas a aceptar, qué nos incomoda y qué podemos, o debemos, cuestionar. 

Debemos también encontrar el punto medio entre la aceptación pasiva de todo lo que vemos en un país extranjero y la imposición de nuestra cultura y perspectiva en una cultura que no es la nuestra. Sabemos que nuestro punto de vista no tiene que ser necesariamente el correcto ya que está atravesado por nuestro sistema ideológico, pero también creo que nuestra experiencia como viajeros es rica y nos permite construir un argumento sólido para llegar a una verdad más completa. Podemos observar sin condenar y cuestionar sin imponer.

Creo que también es necesario ponerse a pensar en el hecho de cubrirse. No sólo es un acto físico, sino también un poderoso gesto de silenciamiento que tenemos que contar, analizar y hasta resistir. Porque cubrir el cuerpo en cualquier mezquita no es solo una norma: es una forma de escribir qué cuerpos importan y cuáles deben desaparecer para ser aceptados.

Alguna vez tuviste que cubrirte para entrar en un templo o mezquita? Contame tu experiencia!

Si estás interesado en la cultura y religión en Asia, podés visitar mis entradas:

El Budismo En Tailandia

La Dualidad Entre el Viajero y el Prófugo

Bangkok: Entre lo Sagrado y lo Profano