Asia

Wat Mahathat: Naturaleza, budismo en Ayutthaya y tiempo cíclico


Mis primeros días en Bangkok estuvieron marcados por el caos y el ruido, pero también me llevaron a reflexionar después de haber visitado los templos de Ayutthaya. Fue la primera vez que había visto los vestigios de una gran civilización asiática. Esto me dejó con muchos pensamientos que entrelazan las páginas que había leído sobre el budismo y lo que efectivamente tenía frente a mí.

Después de unas horas en tren, llegamos a la actual ciudad de Ayutthaya. Alquilamos unas bicicletas por un poco más de un euro. Con eso dimos vueltas todo el día, visitando templos y parando cada tanto en un 7-11 para comprar algo para tomar. De todas las ruinas que visitamos aquel día, las que más me llamaron la atención fueron las de Wat Mahathat. Esto fue por el simbolismo que representa la imagen de la cabeza de Buda con las raíces de unos árboles que crecieron a su alrededor.

En esta oportunidad, quisiera compartir mis reflexiones sobre la relación del budismo en Ayutthaya con la naturaleza y el templo cíclico. Si bien había leído que, para el budismo, todos los seres están interrelacionados, me pareció interesante ver que esta relación se refleja no solo en la arquitectura de los templos, sino también en la forma en la que la naturaleza es incorporada en prácticas espirituales. Por ejemplo, muchas veces se practica la meditación o el yoga en lugares abiertos, rodeados por la naturaleza.

Mi día en Ayutthaya me llevó a encontrar otra imagen que encarna esta idea: la cabeza de Buda en el Wat Mahathat, uno de los templos más emblemáticos. Esta imagen ilustra de forma metafórica el principio budista de la impermanencia y del cambio. Además, es un signo poderoso de la fuerte relación entre espiritualidad y naturaleza.

Wat Mahathat: un símbolo del budismo en Ayutthaya

Fundado en el siglo XIV, durante el reinado del rey Ramesuan, el templo fue un centro religioso de gran importancia para el Reino de Ayutthaya. Como muchos templos budistas, Wat Mahathat fue diseñado para ser un lugar de meditación, enseñanza y veneración. Su conexión con la naturaleza es clara en su estructura: las esculturas que adornan sus paredes y las ruinas que se fusionaron con la vegetación.

Lo que hace único a Wat Mahathat es la manera en que la naturaleza ha reclamado parte del templo. Esto crea una interacción simbólica entre las ruinas de piedra y las raíces de los árboles. Uno de los símbolos más icónicos de este templo es la cabeza de Buda atrapada en las raíces de un árbol. Esta imagen no solo es visualmente impresionante, sino que también posee un profundo significado simbólico.

El hecho de que las raíces de un árbol rodeen y casi envuelvan la imagen de Buda refleja la idea budista de que todo es parte del ciclo natural de vida, muerte y renacimiento. La cabeza de Buda, que originalmente representaba la sabiduría y la iluminación, se encuentra ahora a merced del crecimiento de la naturaleza. Esto simboliza cómo la sabiduría del budismo en Ayutthaya está intrínsecamente conectada con el mundo natural y los procesos de transformación que caracterizan la existencia.

La impermanencia como enseñanza central del budismo en Ayutthaya

Además de la idea de que todas las cosas están interrelacionadas, uno de los conceptos más importantes para el budismo es el de impermanencia. La idea de que todo está en constante cambio y que debemos rendirnos ante ello. En este sentido, podemos pensar que la naturaleza es un reflejo de esta transitoriedad. Como los seres humanos, las plantas y animales también crecen, se reproducen y mueren. Incluso las montañas, poco a poco, sufren cambios producidos por las condiciones climáticas.

Nada en este plano se mantiene estático, ni siquiera los océanos o ríos. A pesar de que muchas veces percibimos que las cosas no cambian y se mantienen estáticas, el budismo en Ayutthaya sostiene que nunca nos metemos dos veces al mismo río. El agua en la que hoy podemos nadar, no es la misma en la que nadamos ayer, dado el perpetuo curso y fluir del agua.

En el libro “El Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte”, escrito por Sogyal Rinpoche, se profundiza en el concepto de la impermanencia y la interconexión de todos los fenómenos. En sus páginas, Rinpoche escribe: “La vida es como un río que fluye, con cada pensamiento, cada palabra, cada acción, creando ondas que van más allá de nuestra vista. Debemos entender que todo lo que surge está destinado a desvanecerse, todo lo que tiene un comienzo, inevitablemente tiene un final.”

Utilizando la imagen del río, se ilustra esa impermanencia que muchas veces no podemos percibir. Creemos que aquel río es el mismo todos los días, pero no es jamás la misma agua, ni la misma temperatura, ni las mismas condiciones.

El tiempo cíclico y el budismo en Ayutthaya

La intersección de la naturaleza y el budismo también se expresa a través del concepto de tiempo cíclico. A diferencia del concepto de tiempo lineal que utilizamos en Occidente, las culturas asiáticas muchas veces se basan en el concepto de tiempo cíclico. Esta forma de ver el tiempo está más relacionada con la naturaleza y con las creencias espirituales propias de Asia.

Al creer en la reencarnación y en el ciclo interminable de nacimientos, muertes y renacimientos conocido como Samsara, el tiempo es percibido de una forma cíclica y unificada. Cada uno de estos nacimientos o muertes es parte de un proceso común. Aquellas muertes son simplemente una coma entre una vida y la otra, no un punto final. Con la promesa de un nuevo comienzo, una vida termina para comenzar de nuevo en otro cuerpo y en otro lugar, hasta que logremos alcanzar el nirvana.

Tal como se afirma en El libro Tibetano de la vida y de la muerte, “Así como el día sigue a la noche y las estaciones giran en un eterno retorno, nuestras vidas están atrapadas en el ciclo del renacimiento hasta que encontramos la liberación.” Como las estaciones, el día y la noche o el crecimiento de las plantas, también es el tiempo de los seres humanos.

No estamos yendo en línea recta a ningún lado, sino que siempre volveremos a empezar. Así como se caen las hojas de los árboles durante el otoño y luego florecen durante la primavera, de la misma manera nosotros registramos comportamientos que funcionan de forma cíclica.

No solamente hablo de la muerte y del renacimiento, sino también de eventos y procesos cotidianos. Todos los días nos levantamos cuando sale el sol y nos vamos a dormir una vez que vemos la luna en el cielo. Sabemos que el sol volverá a salir, marcando el comienzo de un nuevo día, y que nosotros nos vamos a levantar de la cama nuevamente. Sabemos que hay periodos de nuestra vida marcados por la crisis, que se sucederán por otros marcados por la felicidad y la abundancia. Al mismo tiempo, muchas veces necesitamos aquellos tiempos de duelo y de introspección para poder florecer, como los árboles, después de un largo invierno.

En el contexto de Wat Mahathat, las ruinas del templo no solo representan la decadencia del paso del tiempo, sino también la renovación y la transformación constantes. Si bien este templo ya no cumple las funciones que cumplía cuando fue construido, fue transformado por el principio de la impermanencia en algo nuevo, y no menos bello.

Me interesa también resignificar el concepto de ruina, no como algo relacionado con la decadencia, sino pensar que simbolizan la impermanencia, pero también el constante ciclo de creación y disolución. La idea de decadencia es un tanto negativa y demasiado simplista si no pensamos que aquella caída está seguida por un nuevo florecimiento.

Es posible afirmar que las ruinas atestiguan la transitoriedad de la vida y el paso del tiempo, pero no creo que sea justo decir que solo son vestigios de un pasado esplendoroso. Tal idea solamente hablaría de forma nostálgica sobre un pasado perdido y no permitiría apreciar la transformación que este templo ha sufrido.

Si solo lo apreciamos como ruinas, un signo que retrotrae a aquel pasado irrecuperable, vamos a perdernos de todas aquellas significaciones que este lugar ha adquirido con el paso del tiempo. Si pensamos en la naturaleza que ha invadido y modificado sus estructuras, podemos reflexionar también sobre la vitalidad de la naturaleza, que sigue su curso independientemente de la presencia o ausencia de los humanos.

Reflexiones sobre el budismo en Ayutthaya y la espiritualidad contemporánea

La relación entre el budismo en Ayutthaya y la naturaleza es fundamental para comprender la espiritualidad tailandesa. Wat Mahathat en Ayutthaya es un claro ejemplo de cómo los principios budistas se manifiestan en el mundo natural. A través de las raíces que rodean las

esculturas de Buda y las ruinas de piedra cubiertas de vegetación, este templo simboliza la conexión profunda y la interdependencia entre todos los seres vivos. La enseñanza de la impermanencia, presente tanto en las enseñanzas budistas como en el paisaje mismo de Wat Mahathat, invita a los visitantes a reflexionar sobre la fragilidad de la vida. También sobre la necesidad de vivir en armonía con la naturaleza, cultivando la compasión, la sabiduría y la paz interior.

El tiempo cíclico, como se explica en el Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte, nos recuerda que todo lo que comienza tiene un final, pero también que en ese final hay siempre una oportunidad de renacer. Las ruinas de Wat Mahathat, al igual que nuestra propia existencia, se descomponen y renacen. Esto nos enseña que la impermanencia es la puerta hacia la liberación y el entendimiento profundo del ciclo eterno de la vida.

Las ruinas, tal vez, pueden ser pensadas a través del concepto del tiempo cíclico en lugar de ser un punto final en la historia. Desapegadas de su significado anterior, estos espacios pueden ser reinterpretados como un símbolo de la transformación. Nos permiten contemplar los nuevos significados que adquieren con el pasar del tiempo.

Decir que la ruina es solamente el resultado de la decadencia y de la destrucción es dejar de lado aquellas transformaciones que han enriquecido a un nivel simbólico su significado. Como los seres humanos, nos destruimos, perecemos, pero siempre renacemos y nos reinventamos, ganando experiencia y conocimiento. Atravesamos innumerable cantidad de veces estos ciclos, volviéndonos no más perfectos, pero sí más sabios.


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