Dicen que a Varanasi se viene a morir, pero nadie te advierte que primero tenés que aprender a respirar la muerte. A tolerarla apareciendo por cada rincón de la ciudad. A comprenderla, abrazarla, honrarla. No es una ciudad para turistas; sino para devotos, viajeros, locos, místicos, artistas, santos y curiosos que buscan otro tipo de redención. Gente perdida y encontrada, dañada, desorganizada, problemática, que se cuestiona el orden establecido por un sistema que defiende el consumo como lo único eterno en esta vida.

Esta ciudad es una interrupción del sentido común por el simple hecho de existir. Sin esfuerzos. Sin pretensiones. Es el caos elevado a la categoría de lo sagrado. Varanasi es contradictoria, incomprensible, indefinible, insoportable. Pero también pacífica, sanadora, razonable. Sus calles son un laberinto donde el tiempo se detiene y el espacio se comprime. Pero también donde todo parece expandirse de forma exponencial.
Respirar la muerte en las calles de Varanasi
Llegar a Varanasi es tumultuoso, impredecible, casi violento. No hay tiempo para adaptarte porque la ciudad apenas te deja respirar. Querés pensar, sentir, reflexionar, contemplar, entender. Pero no podés, no hay ni un solo momento en el que nada esté ocurriendo. Querés caminar por las calles, pero te perdés. Querés encontrar un lugar para detenerte un momento, pero es como si algo invisible te estuviera sacudiendo los hombros y obligándote a caminar sin saber a dónde. Entonces te das cuenta de que tenés que pegarte a la pared para dejar pasar a una vaca, a una moto o a un grupo de hombres que cargan un cuerpo envuelto en seda naranja. No podés detenerte, tenés que seguir. Estás dentro de un caleidoscopio o de un sueño surrealista.
Templos, cafés, negocios de ropa, pobreza, suciedad, fuego y agua. La muerte como una promesa obvia y la vida como un signo de pregunta. El río Ganges tan sagrado como contaminado sin que eso sea una contradicción. Todo esto es Varanasi.
Llegué con el nudo en el estómago de quien viaja sola y siente que el mundo le queda grande. Pero en Varanasi, ese nudo se deshace a la fuerza porque la ciudad es tan real que roza lo cruel. No hay lugar para la pretensión cuando el humo de las piras funerarias se te mete en los poros. Cuando los cantos se escuchan por esa ciudad tan antigua que parece haber escapado al tiempo mismo. Cuando la vida y la muerte no colisionan como opuestos, sino que se fusionan en una unidad que, en Varanasi, parece natural.
¿Por qué van a morir a Varanasi?
Para entender por qué Varanasi respira humo, hay que entender el hinduismo. Para el devoto, morir ahí no es una tragedia, es el mayor de los privilegios: es alcanzar el Moksha, la liberación definitiva del ciclo de reencarnaciones (Samsara).
Mientras en Occidente luchamos por retener, por acumular y por permanecer, en Varanasi lo que se busca es soltar, dejar ir, aceptar, fluir. El fuego en el Manikarnika Ghat no es solo combustión; es el vehículo que devuelve los cinco elementos al universo. Observar las hogueras que arden las veinticuatro horas es presenciar el cumplimiento del Dharma, el orden sagrado de las cosas.



La muerte es un absoluto que brota de todas y cada una de las piedras de la ciudad. Pero no es un punto final, sino que es una continuación, un puente entre esta vida y un orden superior. Un signo positivo que resignifica y también desafía nuestra cosmovisión occidental sobre el hecho de morir.
No vi lágrimas, ni se respiraba un aire trágico en Varanasi. No era tampoco indiferencia. Sino que era una comprensión profunda de que el cuerpo es solo una envoltura. Una aceptación tan radical de la muerte que posibilitaba la convivencia de los cadáveres y los vivos tomando chai alrededor mientras miraban el fuego con curiosidad.
Una certeza que me pareció hasta conmovedora. Una promesa que nadie dijo porque no era necesario ponerlo en palabras. Lo infinito, lo innombrable. Aquello que todas las religiones intentan poner en palabras, muchas veces de forma inútil, fue lo que ví en los ojos de las personas que iban a morir a Varanasi.
Varanasi y la muerte: lo que Occidente calla y la India grita
Mis tres días en Varanasi llevaron a la comparación de la concepción de la muerte en ambas culturas. En nuestro mundo occidental, hemos convertido a la muerte en un secreto incómodo. La escondemos en habitaciones de hospital asépticas y la vestimos de negro, como si el silencio pudiera ocultar lo inevitable. Es el tema del que nadie quiere hablar en la mesa. Un tabú. Un inconveniente. La razón para dejarse llevar por la autodestrucción. Las lágrimas y los mocos. Los funerales oscuros, la noche lúgubre.
Varanasi me escupió una verdad distinta: la muerte es de color naranja brillante y huele a fuego.
Al normalizar el final, la ciudad resignifica la vida. No hay miedo en la mirada de los ancianos que esperan su turno a orillas del Ganges; hay una aceptación radical que denota una fe absoluta que nada tiene que ver con la cristiana. Ver la muerte tan de cerca, sin filtros ni paredes de mármol, me obligó a mirar mi propia existencia con una nitidez que dolió.
Si la muerte es tan natural como el río que fluye, ¿por qué gastamos tanta energía en fingir que no existe?
Caminar por esta ciudad caótica fue como ver un espejo de lo que tratamos de ignorar. Mirando a los niños y a los perros correr entre los cadáveres que yacían pacientemente al lado del río, comprendí con cierta paz que la muerte no es algo que deba ocultarse.
Varanasi te rompe los esquemas porque te enseña que la paz no viene de evitar el final, sino de saber que el humo es parte del aire que todos, tarde o temprano, vamos a respirar. Al final, no nos llevamos nada, salvo la ligereza de haber aprendido a caminar entre las llamas sin quemarnos.
Si te interesa viajar en la India, podés revisar mi articulo sobre La fe y el miedo , las dos caras de viajar sola por la India.